Lugares donde se desarrolla la novela

Lugares donde se desarrolla la novela
Cerro Lucero y Venta Panaderos

miércoles, 29 de junio de 2016

Presentación del libro "La aldea de El Acebuchal".



Estuvo toda la prensa de Málaga y la Axarquía, desde El Diario de Málaga, Sur, Axarquía hoy, televisión local, Canal Sur, fotógrafos. Reporteros de Frigiliana, Nerja y Cómpeta para dar fe del acontecimiento literario e histórico, era la primera vez que la Acebuchal se presentaba un libro. La feria del libro de la Acebuchal (Málaga) es el lugar donde más libros se compran. Increíble pero cierto. 2 de julio de 2016.
El libro se vende en el restaurante El Acebuchal. Teléfono pedidos y reservas: 951.48.08.08

La pareja de la Guardia Civil en Sierra de Almijara. Collado de los Civiles.




(Óleo de Ramón Palmera´, 1996, pintor alicantino)

Capítulo 57 de la novela "El cazador del arco iris", de Ramón Fernández Palmeral, de venta en AMAZON


57/   Lo que te voy a contar, hijo, es una historia patética, como todas aquellas que hablan sobre el sacrificio y el cumplimiento del deber.  Ocurrió después de la época de maquis. Una tarde de invierno con nieve por el Collado de La Guarra, nombre dado por mi familia porque allí fue donde se le murió una marrana de diez arrobas a mi abuelo cuando yo  la llevaba andando por la Ruta de la Miel hacia la Acebumeya de Abajo.   Resultó que el cabo comandante de Puesto de la Guardia Civil de Frigiliana, con galones rojos (recién salido de la Academia de Cabos), salió con un guardia auxiliar  en servicio de correrías de cuatro días seguidos con cartera de caminos, fusil en bandolera y sus capas largas bajo lo tricornios con barbuquejo.  Llevaban una papeleta de Correrías,  lo cual suponía una orden escrita.  Una de las presentaciones era precisamente en el Collado de la Guarra. Una presentación que se había puesto el propio cabo y no podía cambiar, porque estaba anotada en el libro del servicios.
  Desde allí salía un camino para la aldea de Acebumeya y otro para Cebollero y Tajo del Cielo –unos riscos donde los grajos tenían sus nidos–.  En aquel punto tenían los guardias tres horas de apostadero de cinco a ocho de la tarde, un servicio rutinario, sin grandes pretensiones puesto que por allí con aquel tiempo  invernal no iba a pasar nadie, además el asunto de los maquis hacía unos años que se había terminado. Era un servicio de correrías para control y registro de arrieros estraperlistas.
   Cuando llevaban en ese cruce una media hora, el viento del norte empezó a ponerse bravo, el guardia auxiliar de pareja, le insinuó al cabo que la tarde se iba a poner muy mala si no se marchaban de allí a buscar refugio seguro a otra parte.  Pero el cabo, que era muy militar y muy cabezón, le dijo que allí había una presentación de tres horas, y no añadió ni una palabra más.  Unos vientos empezaron a remover la nieve, y los cerros del Cisne ya ni se veían. Los pinos y los acebos de la Cruz Simón, se cimbreaban en una locura de aviso, un olor a humedad penetraba por el tapabocas, la oscuridad avanzaba con su manto de noche, la cara, las manos y los pies se les estaban quedando como lomos de bacalao congelado.  Unos extraños ruidos, que no era otra cosa, sino el crujir de nieves en los altos cerros, el crujir del cielo, parecía un mal presagio, se presentía una tormenta de nieve peligrosa, el guardia de segunda le volvió a insistir para que se refugiaran en un caserío abandonado a unos quinientos metros del lugar llamado de Calixto, refugiados podrían resistir la ventisca; pero tan sólo había un inconveniente: la papeleta de servicio decía que allí había que estar tres horas de presentación y todavía faltaba dos horas y media para abandonar el punto.  Pero muy bien se puedo hacer una providencia de salvedad en la papeleta no quiso hacerla.
   El cabo no quiso hacer salvedad en la papeleta para salir de aquella encrucijada de muerte que cada vez arreciaba más de una forma peligrosa. Venían ya por el aire hojas de pinos como agujas ensartadas en hilos de látigos, como si hubieran sido segadas por una mano de hielo, el aliento de la montaña traía una ventisca, la oscuridad hacía su aparición sigilosa, los dos guardias civiles aguardaban asustados por dentro, pero no se movían de su puesto absurdo.  El guardia temía lo peor y no podía escapar de allí o salir corriendo, porque no tenía permiso de su cabo para ausentarse ni ante una congelación segura.  El cabo tenía un carácter serio y no se casaba con nadie, le llamaban de apodo El Picaduras porque fumaba más que un portugués, y que cumpliría la papeleta autonombrada a reglamento, pero ningún mando le exigiría que la llevara a un término tan extremo ante un peligro personal evidentemente.  Pero en el espíritu de este hombre estaba el convencimiento moral de que sí él no era capaz de soportar los rigores del servicio autonombrado, tampoco podía exigir a sus hombres que se expusieran al peligro y dificultades de los servicios ordenados por él mismo. 
    La ventisca se puso con pinturas blancas de guerra fría y los dos servidores del orden público se quedaron allí, quietos y, con mucho esfuerzo, firmes.  Poco a poco iban siendo enterrados por la nieve, el viento y el aire, a diez pasos de distancia uno del otro como dicen las ordenanzas y la Cartilla de Ahumada.  Y allí se quedaron como dos estatuas de sal sin haber intentado siquiera mirar atrás, pero cumpliendo. Los encontró un arriero, estaban medio congelados de frío, éste le dio a beber unos tragos de aguardiente. Se habían pasado de las tres horas de presentación, pero es que ya no se podían mover. Reanimado el cabo, éste le registró la carga del arriero y al ver que eran dos garrafas de aguardiente sin precinto de circulación de alcoholes, le puso una multa y le confiscó la carga. El arriero no estaba en el mejor lugar para protestar, dio su filiación y hubo de llevar la carga confiscada al cuartel de Frigiliana.
  Hoy día el Collado de la Guarra se llama  Collado de los Civiles, por aquellos tontos servidores de la Patria que no supieron ser flexibles ni agradecidos, ni tuvieron capacidad de decisión propia ante una situación compleja. Decidir, o no decidir, esa es la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra el piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? Que escribiera el escritor inglés. De esta forma, si les hubieran perecido, le hubieran echado la culpa a la orden de la papeleta que habían cumplido fielmente. La obediencia debida tiene unos límites.

En esta vida te puedes encontra a algunos guardias civil que son unos gilipollas y no saben ser agradecidos.

martes, 28 de junio de 2016

Historia del "La aldea de El Acebuchal", desdel el neolítico a los tiempos actuales.





Historia de la aldea de El Acebuchal, desde el neolítico a los tiempos actuales, pasando por la guerra civil y los maquis.
Autores Vicky Fernández y Ramón Fernández "Palmeral".
Editado en Nerja. julio 2016. Venta del libro 951 48 08 08.

Lugares reales donde se desarrolla la novela "El cazador del arco iris"

....................COMENTARIO...........
 Gracias a mi hermana Vicky por el gran trabano que ha hecho. Y a mi prima Luci por las fotos.
Graciaa a Adolfo Moyano por la presentgación del libro y su iniciativa..


Cuando yo era joven no echaba cuenta a las historias que me contaban mis podres, mis abuelos y mis familiares. Lo que quería era jugar, divertirme y perseguir a las chicas. Pero cuan me hice mayor me interesé por las historias que me habían contado, menos mal que mi padres tuvieron la precaución de dejarlo por escrito en varios diarios. Porque me llegó la edad de preguntarme quién era yo, quién era mi familia y que hacía yo aquí. ¿De dónde venimos y qué hacemos aquí? ¿Por qué está aquí la Acebuchal, por qué disfrutamos en San Juan de una misa-romera?
     Todo esto no ha salido de le nada. Porque lo que no se puede hacer es olvidar o perder nuestras raíces, aunque sean, en nuestro caso de origen humilde, trabajadores es estas tierras  ásperas y duras, en un lugar donde no había de nada, pero eran felices y honrados. Don del pan nuestro de cada día era duro de ganar.
     Este libro y modestia no me faltará para deciros que aquí están la mayoría de esas respuestas. Nosotros le dedicamos este libro a nuestros padres, pero también a todas las familias que vivieron aquí como los Obispo, a todo los Simones, los Federo, los Lomas y tanto y tantos otros.
    Ellos nos enseñaron a querer y a amar estas tierras, estas piedras, estos, pinos, este arroyo que forma parte de nuestras venas, y sus aguas tienen la misma composición que nuestra sangre.
    Yo desde que nací hace ya cerca de 70 años venía por aquí como mis primos  como Alberto, José Manuel, Rogelio, Emilio, Miguel, Antonio el Bizco, y mi amigo Aurelio, el Obispo, que era mi edad y trotábamos por bancales cazando pájaros, y disfrutando de nuestra niñez, en un lugar parecido a la felicidad
   Yo amo esta tierra, yo sueño con esta tierra, yo añoro esta tierra cuando estoy fuera, o cuando estoy en momentos de peligros o dificultades pienso en los años de mi felicidad y libertad aquí, en mi Arcadia, en mi paraíso mental. ¡Cuánto añoro a mis padres, a mis tíos, a mis abuelos, a mi gente! Yo miro fotos, repaso escritor, escribo novelas, la historia del Frigiliana. Me gustaría vivir aquí, pero yo tengo una familia que tengo atender, y ellos a mí. Y hay una cosa terrible, que el tiempo pasa, y a cierta edad pasa más rápido todavía.
    Muchos amigos y vecinos dirán se os ha olvidado esto o aquello, sí, es posible, pero siempre puede escribir otro libro por otros investigadores, nosotros ya hicimos nuestro trabajo de los que sabíamos.
    No olvidar nuestra identidad, nuestras raíces, es un regalo que le hacemos a nuestros antepasados y que ya no están aquí entre nosotros. Porque ellos perviven entre nosotros cada ver que les recordamos, porque en nuestra sangre están sus genes, por eso ellos viven entre nosotros.
     A mi hermana y a mí nos hubiera gustado regalaros un libro, pero esto ni es un folleto, no una guía de propaganda de nada. Además, por experiencia os digo que los libros que nos regalan no se leen, porque no los hemos deseado. Solamente se lee lo que se desea y se compra. Nosotros vamos a estar aquí firmando libros. He estado en muchas presentaciones de libro, muchos de los que no compré dije y ¿por qué no lo compré? Lo libro con el tiempo la pasa como a los vinos, se hacen reserva?
   El libro se venderá a 10 € por ser el día de la presentación. Gracias al Restaurante El Acebuchal por patrocinar el libro la colaborfación de los Ayuntamientos de Cómpetas y de Frigiliana.





Restaurante el Acebuchal que regenta de la familia García Sánchez. Antonio El Zumbo, y sus hijos. y mu madre Virtudes Sánchez. Abren todos los días. Copmida regional. Teléfono de reservas 951.48-08. 08 Tambien alquilan casas rurales. Tiene terraza.  Ruta de senderistas. Desde Frigilina.

Ramón Fernandez, colaborador del texto del libro. en la antigua honracina o capillita.

Cabra hispánica o montés en Frigiliana. Parque natural de Sierra Tejeda, Almijara, Alhama. Paraíso para fotograficas cabras monteses con esta del  autor: Pamón Palmeral. 2016

sábado, 4 de junio de 2016

La prueba de pelar papas. El cazador del arco iris. Novela



 2/ Mi madre era una mujer de las denominadas bondadosas,  se llamaba Doloreta, la de  Panaderos o Doloreta la de Ana, pues las mujeres llevaban el nombre de la  madre. Era una mujer de buen lustre, morena, alta y delgada porque en aquel tiempo no existía mujer redonda no ya porque hubiera que ir a lavar a mano al arroyo  con un canasto de ropas a la cabeza, sino porque se comía lo justo y necesario para subsistir, tenían manos campesinas, el pelo recogido en un cómodo moño que relucía del vinagre y se asentaba con limón, y su rostro se caracterizaba por un gracioso lunar gordote en su mejilla izquierda con un pelo en el centro, orientado a la derecha si es uno el que mira, una especie de marca familiar que hemos ido heredando, yo también  llevo ese estigma en la cara y mi hijo mayor Ramoberto también. Mi madre (que además era mi tía, ya os lo explicaré) tenía la nariz y la fisonomía de las moriscas, nadie dudaba de su parecido con las moras, pero toda costumbre mahometana se había perdido en Acebumeya. Cuando fue joven lucía su belleza de ojos negros en tez morena, tuvo un pretendiente de mucha nobleza y si no se casaron, fue porque él tenía el síndrome de Don Quijote: la locura. La recuerdo vestida casi siempre de negro y como abrigo usaba una toquilla del mismo color por encima de los hombros. Usaba velo, medias y alpargatas negras.
   Ella era muy religiosa y su alcoba parecía un santuario lleno de mariposas de aceite y de estampas de Santos y Vírgenes, y cuadros de difuntos. Era dueña de un generoso  corazón, sobre todo con los vecinos a los que no le negaba un favor, primero los vecinos y luego los demás, se dejaba llevar más por las supersticiones  que por su propio instinto, y cumplía a rajatabla los rituales de echarse la sal a la espalda antes de salir a la calle, que no le faltara su ristra de ajos en la chimenea, que si los gatos negros daban mala suerte, que si las tijeras abiertas, que si el espejo roto, que lo de no pisar con el pie izquierdo al saltar de la cama, rezarle a San Onofre antes de salir de casa, santiguarse antes de cocer el pan en el horno de leña para que saliera bien, o al pasar por delante de la ermita. O hacer mandas a los Santos y Vírgenes, que consiste en rezarle mucho para que te concedan una petición. Se hacía siempre una serie de rituales  sin los cuales no podía moverse o salir del cortijo. Era analfabeta, pero no conocía la pereza, sino que era diligente, una de sus grandes virtudes, cuando se levantaba mi padre, ella se levantaba  detrás para encender el fuego y hacerle el desayuno. Era muy buena cocinera, sus trucos culinarios los había aprendido cuando estuvo con sus padres en la Venta Panaderos.  Freía las mejores berenjenas crujientes del lugar, cortaba las berenjenas en rodajas y las metía en agua  para lavarlas y luego las secaba dejándolas entre dos paños de tela   hasta que se quedaban sin agua, luego las rebozaba  en una gachuela de harina (mezcla de agua con harina y perejil) y a freírlas con aceite de oliva bien caliente (aceite de nuestros olivos). Había heredado la esencia de la cocina mediterránea: poca carne y muchas verduras, hortalizas, frutas y aceite de oliva, migas o papas con tomates y cebollas, sin faltar en sus guisos un refrito de ajos y almendras. Era muy buena cocinera en una docena de platos y algunos inventados por ella como el pisto con bacalao. Sabía hacer roscos de vino y buñuelos en la Pascua, era seguidora de las vigilias y de las cuaresmas. Menos mal, que ya no se llevaba lo de hacer el Ramadán musulmán. Puedo recordar que además de los repobladores cristianos, había una familia de origen morisco, como mi primo segundo  Arcadio Fernández,  que poco antes de morir gritó: ¡por Alá!, y se murió tan a gusto. Le encontraron algunos libros antiguos escritos en árabe, que nadie supo de qué trataban.
  La primera tunda que me concedió mi madre, o sea, que me dio mi madre en condiciones, me la propinó por no tomarme en serio sus advertencias de no ir  a la alberca a bañarme, todavía la puedo recordar perfectamente, fue una vez que fuimos mi prima Ana la de Emilia y yo  a la alberca,  teníamos la misma edad unos seis o siete años.  Desnudo como estábamos me llevó a “apargatazos” (que es como se decía darte con la suela de goma de las alpargatas de tela blanca), uno tras otro, hasta el cortijo de  Los Corrales, me dejó marcado en la piel  el dibujo de la suela y hasta el número que calzaba.  
 Otra vez me dijo tu padre quiere hablar contigo, te espera en la ermita Asunción, fui y hablé con él o mejor dicho él habló conmigo muy en serio, cuando regresé me preguntó mi madre qué era lo que me había dicho mi padre, le di una mala contestación, y ya con catorce años me arreó su última bofetada. La verdad, es que con tantos hijos le dábamos mucho trabajo a mi madre, nos juntábamos quince personas.
 A los niños nos enseñaban a creer que éramos más valiosos que las niñas, y que si eran guapas se casarían pronto, de lo contrario a vestir santos.  Nos decían que las niñas eran de cristal, si se las tocaba se rompían, con esta máxima estaba prohibido "tocarlas" siquiera.
  Mi tía Consuelo, que vivía con nosotros, era la penúltima de las hermanas de mi madre, era muy limpia y quisquillosa, no permitía niños cerca de ella porque le ensuciábamos su delantal blanco inmaculado con puntilla bordada, era algo retrasadilla desde que le dio una meningitis con diez años, pero buena como un ángel, le hacíamos mucho de  rabiar, pero la queríamos mucho, y era tan curiosa que cuando iba a Frigiliana a  ver a su hermana Carmen, que se había casado en Agrón con Manuel Vacas, barbero y zapatero, al llegar al Santo Cristo se cambiaba el velo negro polvoriento por uno nuevo, las alpargatas polvorientas del viaje por otras nuevas que llevaba en una talega de tela,  este era el bolso de las mujeres: una talega bordada con algún jilguero o unas flores, puesto que todas la  mujeres conocían el arte del bordado con hilos de sedas, el encaje de bolillos, el croché, ganchillo o el punto de cruz, labores que se convertían en trabajos remunerados cuando bordaban grandes velos o  mantillas por encargo.  Si yo le daba alguna broma, ella se ponía a llorar y a gritar: ¡Joseíco me ha pegao!, así podían pasar horas y horas, y hasta que no veía que mi madre hacía justicia en mí, y me daba un par de golpes para contentarla, ella no se callaba,  era una chivata, el sentido de la justicia lo tenía muy elevado, casi paranoico. Aunque yo ya estaba acostumbrado a recibir leña. Todas las bofetadas que se perdían en casa me las llevaba yo. Ella tenía un gorrión que había criado desde “gurripato” que andaba suelto en el cortijo, dormía en una cajita de cartón colgada de la pared, le prestaba más atención al gorrión que a las personas, la cuestión es que el gorrión también se dejaba acariciar por su mano y se hacía el muerto cuando se le ponía boca arriba (peculiaridad que tienen casi todas la aves, que cuando se les pone boca arriba se quedan quietas, paralizadas o asustadas). Otras veces y soltaba un pío, pío, pío..., a modo de alarma cuando notaba la presencia de algún extraño. Un día, por la Pascua, se murió el gorrión sin saber por qué, pero parece ser que se comió la  matalahúva ingrediente de los roscos de vino que picó del suelo. Porque mi madre y mis hermanas, una vez al año, habían roscos de vino y pestiños fritos y garrapiñadas de almendras.
  Mis hermanas eran todas muy guapas y muy presumidas, y como eran muy morenas casi siempre se protegían del sol con pañuelos o sombreros para las tareas del campo y los viajes al pueblo, de esta forma evitaban el bronceado solar, que no estaba bien visto. La moda era la tez blanca y empolvada.  El moreno de la mujer era señal de campesina, que ninguna quería parecerlo. Y ya sabemos de lo presumidas que son las mujeres mocitas y no tan mocitas.
  A las novias de mis hermanos y a la mía, mi madre les hacía siempre la prueba de pelar papas, las dejaba que las pelaran, si las pelaban con mucha carne de papa pegada a la piel decía que eran unas derrochonas, pero ni las pelaban finas decían que eran ahorradoras. Se lo advertí a mi novia, y las peló muy finas como el papel de fumar. Esto de pelar papas con mucha carne o quitarle mucha cantidad de corteza al queso, tenía mucha importancia para mi madre, pues decía que esta forma de pelar podía costar un divorcio de tanto discutir del asunto. También, sin que las novias se dieran cuenta, les dada con la paleta de hierro de las migas, el llamado “golpe de la suegra”, en el codo, y según le doliera así querrían o no a su futura suegra. Además, mi madre  tenía muchas supersticiones, y tenía que hacer varias oraciones o maniobras para librarse de los maleficios y del mal de ojo de otras personas, sobre todo evitar que las viejas miraran o besaran a los bebés, ya que éstos se podían morir de una diarrea o de un resfriado con pulmonía. Decía que algunas viejas podían ser brujas disfrazadas... (Sigue)


miércoles, 1 de junio de 2016

Venta Panaderos y Ermita de Calixto. Sierra de Almijara. Mapa satélite de Google. Senderismo



 Venta Pandereos (Sierra de Almijara)
Emita de Calixto con acueducto.
Encontrar la ermita de Calixto en plena sierra de Almijara, es un de los restos más duros a los que se se enfrenta un senderista. Por que no existen caminos, ni carriles, ni nada que te puede orientar. Tienes que tener conocimiento de lectura de mapas, GPS y brújula, y buenas piernas.

A la Venta Panaderos le sucede lo mismo se ha de ir hasta el nacimiento del río Higuerón, y caminar un buen rato. Por aquí pasaba el camino real de Granada, hoy desaparecido.

Estos placeres arqueológicos ni se encuentras registrados en la lista del Patrimonio de la Diputación de Málaga.  No están, ni estudiados ni registrados. No se sabe de qué época son.
Añadir leyenda

(Jornada de caza mayo en la Venta Panadero sobre 1920)


 (Ramón Fernández (un Simón) y Aurelio Torres, (alias el Obispo), en  la ruinas Venta Panaderos