Lugares donde se desarrolla la novela

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Cerro Lucero y Venta Panaderos

miércoles, 29 de junio de 2016

La pareja de la Guardia Civil en Sierra de Almijara. Collado de los Civiles.




(Óleo de Ramón Palmera´, 1996, pintor alicantino)

Capítulo 57 de la novela "El cazador del arco iris", de Ramón Fernández Palmeral, de venta en AMAZON


57/   Lo que te voy a contar, hijo, es una historia patética, como todas aquellas que hablan sobre el sacrificio y el cumplimiento del deber.  Ocurrió después de la época de maquis. Una tarde de invierno con nieve por el Collado de La Guarra, nombre dado por mi familia porque allí fue donde se le murió una marrana de diez arrobas a mi abuelo cuando yo  la llevaba andando por la Ruta de la Miel hacia la Acebumeya de Abajo.   Resultó que el cabo comandante de Puesto de la Guardia Civil de Frigiliana, con galones rojos (recién salido de la Academia de Cabos), salió con un guardia auxiliar  en servicio de correrías de cuatro días seguidos con cartera de caminos, fusil en bandolera y sus capas largas bajo lo tricornios con barbuquejo.  Llevaban una papeleta de Correrías,  lo cual suponía una orden escrita.  Una de las presentaciones era precisamente en el Collado de la Guarra. Una presentación que se había puesto el propio cabo y no podía cambiar, porque estaba anotada en el libro del servicios.
  Desde allí salía un camino para la aldea de Acebumeya y otro para Cebollero y Tajo del Cielo –unos riscos donde los grajos tenían sus nidos–.  En aquel punto tenían los guardias tres horas de apostadero de cinco a ocho de la tarde, un servicio rutinario, sin grandes pretensiones puesto que por allí con aquel tiempo  invernal no iba a pasar nadie, además el asunto de los maquis hacía unos años que se había terminado. Era un servicio de correrías para control y registro de arrieros estraperlistas.
   Cuando llevaban en ese cruce una media hora, el viento del norte empezó a ponerse bravo, el guardia auxiliar de pareja, le insinuó al cabo que la tarde se iba a poner muy mala si no se marchaban de allí a buscar refugio seguro a otra parte.  Pero el cabo, que era muy militar y muy cabezón, le dijo que allí había una presentación de tres horas, y no añadió ni una palabra más.  Unos vientos empezaron a remover la nieve, y los cerros del Cisne ya ni se veían. Los pinos y los acebos de la Cruz Simón, se cimbreaban en una locura de aviso, un olor a humedad penetraba por el tapabocas, la oscuridad avanzaba con su manto de noche, la cara, las manos y los pies se les estaban quedando como lomos de bacalao congelado.  Unos extraños ruidos, que no era otra cosa, sino el crujir de nieves en los altos cerros, el crujir del cielo, parecía un mal presagio, se presentía una tormenta de nieve peligrosa, el guardia de segunda le volvió a insistir para que se refugiaran en un caserío abandonado a unos quinientos metros del lugar llamado de Calixto, refugiados podrían resistir la ventisca; pero tan sólo había un inconveniente: la papeleta de servicio decía que allí había que estar tres horas de presentación y todavía faltaba dos horas y media para abandonar el punto.  Pero muy bien se puedo hacer una providencia de salvedad en la papeleta no quiso hacerla.
   El cabo no quiso hacer salvedad en la papeleta para salir de aquella encrucijada de muerte que cada vez arreciaba más de una forma peligrosa. Venían ya por el aire hojas de pinos como agujas ensartadas en hilos de látigos, como si hubieran sido segadas por una mano de hielo, el aliento de la montaña traía una ventisca, la oscuridad hacía su aparición sigilosa, los dos guardias civiles aguardaban asustados por dentro, pero no se movían de su puesto absurdo.  El guardia temía lo peor y no podía escapar de allí o salir corriendo, porque no tenía permiso de su cabo para ausentarse ni ante una congelación segura.  El cabo tenía un carácter serio y no se casaba con nadie, le llamaban de apodo El Picaduras porque fumaba más que un portugués, y que cumpliría la papeleta autonombrada a reglamento, pero ningún mando le exigiría que la llevara a un término tan extremo ante un peligro personal evidentemente.  Pero en el espíritu de este hombre estaba el convencimiento moral de que sí él no era capaz de soportar los rigores del servicio autonombrado, tampoco podía exigir a sus hombres que se expusieran al peligro y dificultades de los servicios ordenados por él mismo. 
    La ventisca se puso con pinturas blancas de guerra fría y los dos servidores del orden público se quedaron allí, quietos y, con mucho esfuerzo, firmes.  Poco a poco iban siendo enterrados por la nieve, el viento y el aire, a diez pasos de distancia uno del otro como dicen las ordenanzas y la Cartilla de Ahumada.  Y allí se quedaron como dos estatuas de sal sin haber intentado siquiera mirar atrás, pero cumpliendo. Los encontró un arriero, estaban medio congelados de frío, éste le dio a beber unos tragos de aguardiente. Se habían pasado de las tres horas de presentación, pero es que ya no se podían mover. Reanimado el cabo, éste le registró la carga del arriero y al ver que eran dos garrafas de aguardiente sin precinto de circulación de alcoholes, le puso una multa y le confiscó la carga. El arriero no estaba en el mejor lugar para protestar, dio su filiación y hubo de llevar la carga confiscada al cuartel de Frigiliana.
  Hoy día el Collado de la Guarra se llama  Collado de los Civiles, por aquellos tontos servidores de la Patria que no supieron ser flexibles ni agradecidos, ni tuvieron capacidad de decisión propia ante una situación compleja. Decidir, o no decidir, esa es la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra el piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? Que escribiera el escritor inglés. De esta forma, si les hubieran perecido, le hubieran echado la culpa a la orden de la papeleta que habían cumplido fielmente. La obediencia debida tiene unos límites.

En esta vida te puedes encontra a algunos guardias civil que son unos gilipollas y no saben ser agradecidos.

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