por José Martínez (@josenez)
Este libro forma parte de mi vida ya que mi padre me habló de él
cientos de veces, he recorrido todos los caminos en los que se
desarrolla la acción y lleva desde siempre en la biblioteca de mi casa.
Imagino que es una de las pocas novelas que se desarrollan en el pueblo
donde nacieron mis padres, La Guardia (Pontevedra), lo que hacía que
para mi padre fuera uno de sus libros de cabecera después de las docenas
de libros sobre
Billy el Niño y
Carlitos Gardel
que atesoraba. Ahora me lo acabo de leer para escribir estas mis
primeras líneas en este blog sobre libros olvidados y otros escritos.
Poco puedo contar sobre el libro, editado en la Colección Gigante de
Luis de Caralt en 1957 y escrito un año antes en Madrid por el General
de la Guardia Civil y antiguo General de la División Azul
Ángel Ruiz Ayúcar, no creo que exista una segunda edición. Más no puedo decir ya que libro y autor están completamente desaparecidos.
Historia sobre el estraperlo y las fronteras permeables entre España y
Portugal en los cincuenta, puede que la novela sea raquítica, que esté
merecidamente olvidada y a mí me pase exactamente como a mi padre, al
que seguro que le gustaba porque hablaba de la Marina, del Pasaje o de
Caminha, pero la narración, a pesar de algunas partes demasiado corales
que hacen pensar más en un libro de cuentos entrelazados que en una
novela en sí, un poco a la manera de
El bosque animado (y estoy seguro que
Cuerda
haría una fantástica película sobre este libro), va provocando cierto
interés en la forma en que se resolverá el traslado del alijo de
tantalita y la redada que trama la Guardia Civil en ese final
pre-Padrino en el que en vez de ópera se debería escuchar a la orquesta
de Tino Jazz en una boda en el pueblo.
Una de las gracias del libro es que se desarrolla todo en un día,
yendo los capítulos desde el primero “A las tres de la tarde” al
penúltimo “A las dos menos cuarto” de la mañana, presentando a los
personajes en cada uno de ellos, siempre bajo una lluvia intensa que
tiñe los pinares de negro y hace al padre Miño todavía más misterioso de
lo que es. Por tierra en bicicleta o andando por los caminos
embarrados, y por mar y río en gamelas, se van acercando lentamente los
guardias civiles a los contrabandistas y sus espías ocultos tras los
muros de las leiras y en los cañaverales de la ribera del río. El
costumbrismo neorrealista de personajes como el ladrón de merluzas, el
pescador borracho pero gran marinero y mejor persona, los traficantes a
pequeña escala que pasan café de Portugal a España, el maestro que para
ganar un sobresueldo y alimentar a su hijo enfermo hace de espía del
malvado y despiadado jefe de los contrabandistas, el brujo de andar por
casa y los guardias civiles, estos últimos los únicos personajes
íntegros durante las doscientas hojas de la historia, hace que la novela
tenga mucho encanto en bastantes páginas.

Llenaría muchas más páginas de conversaciones con mi padre sobre el
estraperlo, de cuando cruzábamos a Portugal en barca como en la novela,
de mis cientos de kilómetros en bicicleta de pequeño por todos los
sitios de los que habla el libro, pero no quiero que mi dulce correctora
Eli se deje los ojos leyendo batallitas sin sentido. Ahora para
completar mi biblioteca guardesa ya solamente me queda encontrar el otro
libro que me sé de memoria sin haberlo leído,
Fuxidos, del republicano
Juan Noya, que busqué para mi padre un tiempo y nunca he conseguido tener en mis manos.