Ya están los dos juntos en los cielos
Ayer 9 de febrero de 2026 falleció a los 90 años mi tío Antonio Fernández en su casa del Chorruelo de Frigiliana (Málaga) también llamado rincón de la Fuente Vieja, llevaba unos dieciséis años viudo por la muerte de su mujer Ana Álvarez, ama de casa y poeta de temas religioso devota de la Santa Rita de Monachil (Granada). La provincia de Granada colinda con la de Málaga por la sierra de Frigiliana.
Ana Álvarez Navas escribió un precioso poemario titulado "Sentimientos", Imprenta Santa Rita, Monachil Granada 2003. Libro que presentó en el alón de plenos del Ayuntamiento de Filigilana, yo estuve en la presentación del libro porque me había cogido de vacaciones de verano y me acerque al pueblo y me hice con un ejemplar del libro, que como gran cariño tengo en mi biblioteca, y que ella dedicó a mis padres: "Para José Ramón y Carmen, mis cuñados".
En la página 128 y 129 Ana publica un poema dedicado: "A MI MARIDO"
Para el hombre más bueno del mundo
con alegría y amor,
le escribo esta poesía
dándole gracias de corazón.
Por el trabajo y sacrificio
que ha sido toda su vida,
trabajando de sol a sol
"pa" mantener a su familia...
(tuvieron seis hijos, que le dieron muchos nietos y biznietos).
Como mi tío Antonio me llevada unos once años y era soltero cuando estaba en casa de los abuelos: Antonio y Dolores Fernández Acosta (mis abuelos pasaba los veranos en el cortijo del Pino y los inviernos en Frigiliana en su casa del Chorruelo), yo tuve mucho trato con él, me daba bromas y me hacia rabiar porque yo era un niño muy tozudo que quería estar siempre con él.
En la cortijada del Pino, pasado el Comentor, y desde 1982, se alza una pequeña ermita dedicada a la Inmaculada, una Virgen Milagrosa que era la que estaba en la ermita de El Acebuchal, y que los antiguos vecinos de esta aldea perdida y luego recuperada cuarenta años despues, celebrábamos una misa el último domingo de junio por San Juan (esta misa pasó a celebrarse en El Acebuchal, que es término de Cómpeta).
Cada año, hasta 2003, yo iba con mi familia a la Misa de El Pino, donde el tío Antonio sacrificaba uno de sus chotos para comerlos frito al ajillo con rica salsa de vino del terreno y almendras, nunca lo he probado nada más rico. Allí en la misa nos juntábamos todos los parientes, tras la misa la procesión y después a comer todos juntos. Pasábamos un día inolvidable con todos los tíos y primos.
Un día en la Misa de San Juan en el cortijo de El Pino (Mayarín) por los años 90
Una excursión al "Helechal"
Aquí tienes el texto corregido, respetando tu estilo y tono original:
Recuerdo con gran cariño (yo tenía veinte años en el verano de 1967) cuando mi tío Antonio y mi primo hermano Paco me llevaron al “Helechal”, en las cumbres de la Sierra de Almijara, en Frigiliana, a la zona del cortijo Limán, frente al Tajo del Almendrón. Mi tía Salvadora —hermana de mi madre—, la de Alberto, me preparó un hatillo con la merienda (morcilla con pan).
Salimos caminando muy contentos; a eso de las cinco de la mañana ya estaba clareando el día por la ermita del Santo Cristo de Frigiliana. Subimos por el Pedregal, los Cuatro Caminos (el cerro de El Fuerte tapaba la luz solar) y El Acebuchal. Pasamos por la venta Cebolleros y Panaderos. No sé por qué empinados caminos subimos por laderas y cañadas para ver a las cabras monteses en Rajas Negras.
La cuestión es que, como no llevaba cantimplora, a cada rato tenía sed y estaba seco. Bebíamos de las pozas y de los arroyos. Al principio yo iba el primero, como un rastreador, pero al final iba el último.
Arriba, en plena sierra, a más de 1.500 metros de altitud, existe una zona llamada el “Helechal”. Así se llama porque hay una colonia de helechos silvestres. Aquello eran piedras lisas, desgastadas, que indicaban la existencia de un antiguo glaciar. El paisaje era grandioso, perfumado por el olor de los pinos halepensis de alta montaña y los pinos carrascos. Antiguamente, los resineros de Granada hacían la campaña de la resina en verano; por ello encontré muchos fragmentos de tiestos de cerámica rotos que sirvieron para recogerla.
En la sierra, por veredas estrechas, nos atrapaban los altos romeros, las aulagas, la manzanilla con sus flores amarillas, los tomillos, los jaguarzos, los tejos… El piar de los jilgueros y el vuelo alto de algún quebrantahuesos vigilante acompañaban el trepar de algún lagarto entre rocas con musgos viejos, el lento pastar de las cabras monteses y algún conejo esquivo.
Pasamos por lo que llaman el paso estrecho de la Cuerda, confluencia de dos altas laderas que se unen para acortar un paso natural. Parecíamos alpinistas en el Tíbet. A lo lejos se veía Lomas Llamas, a unos 2.000 metros de altitud; a la izquierda, la cúspide del Cerro Lucero (1.744 metros de altitud). El Tajo del Almendrón lo teníamos enfrente, como la cara de un gigante de piedra dormido. Era impresionante, alto y majestuoso (1.514 metros), inaccesible, toda una ladera vertical propia de alpinistas. Abajo estaba, en ruinas, el cortijo Limán (antigua central eléctrica de los tiempos de Primo de Rivera) y el sonoro arroyo que desemboca en el río Chíllar. Una pena que en aquel tiempo no tuviera cámara de fotos.
La cuestión es que, tras una larga y diabólica caminata —más que excursión—, regresamos a Frigiliana por donde salimos, por la ermita del Santo Cristo, ya de noche. Eran las diez o las once, después de dieciséis horas caminando sin parar. Pero, como he dicho, yo tenía veinte años, mi tío treinta y dos y mi primo Paco mi misma edad.
A la luz amarilla de las farolas entrábamos los tres por la plaza de la iglesia de San Antonio. Yo me quedé en casa de mi tía; ellos dos se fueron a sus respectivas casas. A la mañana siguiente me levanté a eso de las diez; tenía ampollas en las plantas de los dos pies. Mi tía me preparó un desayuno de café con leche y galletas.
Pregunté a mi tía Salvadora por mi tío Antonio y por mi primo Paco. Me respondió:
—Estos dos se fueron ya temprano a trabajar.
Yo no me lo creía; sin embargo, era cierto.
Dos días después regresé a Málaga en el coche ómnibus de Mariano, con parada en la plaza de Arriola.
Cuando se lo conté a mi padre, que conocía bien la Sierra de la Almijara, se puso muy contento de mi hazaña y relato. Me dijo que el tío Antonio le había dicho:
—A tu Ramón lo vamos a traer en brazos.
Pero no pudieron.
Como agradecimiento, le regalé a mi tío mi navaja automática, que tenía en las cachas negras el relieve de una cabra montés. Me acordaré mientras viva de esta excursión por la Sierra de Almijara, que, si bien me dejó muy cansado, me fortaleció espiritualmente.
¡Que en paz descansen!
Tu sobrino,
Ramón Fernández
Un recuerdo inolvidable de mi tío Antonio, “el de las Verrugas”.
(Era cierto que con artes antiguas curaba verrugas a la gente.)

(Con mi tío Antonio Fernández en Frigiliana en el verano de 2006)
Entrañables recuerdos de unos tiempos en que la vida transcurría más despacio dando tiempo a saborear los aconteceres diarios convirtiéndolos en referentes donde refugiarnos en los momentos difíciles.
ResponderEliminarMi más sincero pésame
Gracias Monse, era el menor de los hermanos de mi padre, y le tuve mucho aprecio, y el también correspondía igualmente.
ResponderEliminarBuenas Ramón, soy David nieto de Antonio, hijo de Dolores. En primer lugar gracias por compartir tus recuerdos y por tus palabras. En el velatorio identificando los tíos y primos de la familia (que no son pocos), le comenté a mi hermana Mª Lucía, que hace ya unos cuantos años vi un árbol genealógico que tenías en uno de tus blogs y que aunque hace tiempo que no pude volver a encontrarlo, lo debo tener por ahí guardado en algunas capturas de pantalla entre miles de fotos. Lo localicé creo que buscando documentación sobre espeleología, soy espeleólogo y de casualidad di con un blog tuyo donde tenias fotos y vivencias como pioneros con el GEMA en las cuevas de la provincia y leyendo entradas tuyas me salió. Ella buscando a ver si lo encontraba ha dado con esta entrada y me la ha compartido. Agradecerte de nuevo tus palabras y te mando un gran abrazo. Que en paz descansen.
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