Lugares donde se desarrolla la novela

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Cerro Lucero y Venta Panaderos

martes, 29 de marzo de 2016

El Acebuchal: la aldea que el corazón levantó. Por Gema Martínez, Diario Sur de Málaga

El Acebuchal: la aldea que el corazón levantó
En 1948 el régimen de Franco ordenó deshabitar el pueblo. Los descendientes de aquellos moradores lo han rescatado de las ruinas








TIENE Aurelio Torres, 61 años, electricista y nacido en El Acebuchal, una memoria que retiene nombres, apodos, apellidos, parentescos, días, meses y años; y por supuesto todos y cada uno de los acontecimientos que han marcado su vida, con una intensidad narrativa que gusta bajar al detalle. Así que no supone esfuerzo alguno imaginarse la escena que cuenta, aunque se remonte a julio de 1948 y él tuviera entonces dos años: «Estábamos en un terreno mi abuelo y mis tíos. Estábamos en un 'quemao', cortando madera, y empezamos a ver movimiento de los maquis».

 Hay un libro de la historia de la aldea titulado: "La aldea de El Acebuchal". 2016. De los hermanos Vicky y Ramón Fernández. Pedidos 951 40 08 08.

Los maquis o gente de la sierra, que así llama Aurelio a los guerrilleros que continuaron la lucha contra el franquismo una vez terminada la guerra, tenían entonces varios campamentos en la Sierra Tejeda-Almijara, con algunos realmente importantes, como el de cerro Verde, en el que se escondían unas 200 personas. Y desde cerro Verde se veía El Acebuchal; y por eso El Acebuchal, con 37 casas y 150 vecinos, se convirtió para el régimen en una de esas aldeas que había que deshabitar, para evitar que los maquis pudieran conseguir en ellas refugio y comida.

«Hay que irse». Eso dice Aurelio Torres que dijo la Guardia Civil en agosto de ese mismo año: «Y así, sin dar la cartilla del paro ni aviso de conferencia, nos echó. Nos echaron sin derecho a nada». La aldea quedó vacía, abandonada durante años hasta que sus casas se convirtieron en ruinas. La diáspora llevó a la mayoría de sus habitantes a Frigiliana y a Cómpeta, los pueblos más cercanos, aunque muchos terminarían en Barcelona o el País Vasco.

Hacer una locuraEn completa ruina estaba el pueblo cuando Virtudes Sánchez convenció a su marido, Antonio García 'El Zumbo', de que hiciera real la querencia que llevaba en el corazón desde niña y que a él le parecía una auténtica locura: «Se me presentó la oportunidad de comprar una casilla... Se lo dije a mi marido. ¿Tú estás loca! No hay agua, ni luz, ni nada... Y yo decía: bueno, nos vamos, aunque sea con un candilillo».

Fue en 1998. La aldea llevaba deshabitada décadas; las pencas lo inundaban todo, y de las casas apenas si quedaban algunas paredes. Pero compraron. Compraron no sólo porque Virtudes llevaba en el corazón los paseos con su padre por la aldea vacía, sino porque inculcó ese mismo amor a los suyos, y así su marido y sus hijos, con sus propias manos, iniciaron una rehabilitación increíble, que ha traído al presente las antiguas calles empedradas, la pequeña ermita, la antigua casa del alcalde y prácticamente todas las viviendas que había, tal y como fueron, convirtiendo El Acebuchal no sólo en una aldea de nuevo habitada, sino en un reclamo rural al que llegan, mapa en mano, turistas hasta del norte de Escocia.

«Fuimos comprando y empezamos a meterle mano tal y como eran, porque mi idea era que el pueblo se quedara más o menos tal y como yo lo recordaba de niña. Compramos bastantes casas pensando en eso; por el miedo de que otros se metieran y rompieran el entorno», explica la mujer, que lleva ya un año viviendo permanentemente en la aldea de la que se marchó su padre.

Por eso, para que no se rompiera el entorno, todos los cables van subterráneos, sólo hay una antena comunitaria y han tenido en cuenta hasta que los contadores no se oculten en cajas de aluminio y que no haya tampoco puertas de hierro, porque eran de madera las de entonces.

Así que cuando los hijos, y los nietos y los sobrinos de los que de allí se fueron vieron lo que estaba ocurriendo siguieron los pasos de la familia de 'El Zumbo'. En estos momentos hay 32 casas y aunque algunas de ellas eran antiguamente cuadras, la mayoría son casi idénticas a las que había tras la posguerra.

«Tengo fotografía de la rehabilitación casa por casa, desde que pusimos el primer bloque hasta el último. Hemos estado dos o tres años trabajando, utilizando un generador de gasolina. Tuvimos que traer agua potable, porque no había, y mis padres compraron la electricidad, y luego vendieron a cada vecino un punto de luz. Era la única forma de hacerlo. Luego cada vecino puso 3.000 euros y compramos una depuradora». Quien habla es Antonio García, el hijo de Virtudes, el mismo al que su madre le metió la aldea en la añoranza infantil: «Desde que era chiquitito mis padres me inculcaron que me gustara la sierra. Mi madre me traía y me explicaba dónde estaba la calle, dónde la fuente en las que las mujeres venían a coger agua; la alberca donde iban a lavar... Desde chiquitito se me quedó esto en el corazón».

Cinco familiasAntonio y su mujer, que está embarazada de una niña que dirá ser de El Acebuchal, son una de las cinco familias que viven permanentemente en la aldea, hoy en el límite del parque natural Sierra Tejeda y Almijara, en donde, según dice, se vive en la gloria: «Aquí se vive en la gloria. No hay ni un ruido. Si queremos lío, vamos, buscamos lío y nos volvemos».

Por su expresión, en la gloria debe vivir también Patricia, nacida en Bélgica y una de las extranjeras que reside permanentemente en El Acebuchal, en una casa que alquiló al hermano de Aurelio Torres: «Mi casa y la de su hermano eran la antigua escuela del pueblo. Yo me enamoré de esto en cuanto lo vi. Vi el pueblo y ¿ahhh! Un mes después me vine. Viene mucha gente aquí. El bar está lleno hasta en invierno».

El bar del que habla Patricia lo regenta Virtudes y su familia. Dice su hijo que no era esa la intención y que les empujó la propia gente: «Teníamos un restaurante en Frigiliana y sabemos lo esclavo de este negocio, pero la gente nos lo pidió. Hoy, si no reservas un domingo, puede que no tengas sitio».

«Aunque se secara el agua del río la 'mulachín' no faltaré a la palabra, Dolores que por ti di». La copla la recita Aurelio Torres en ese bar, que iba a ser una cochera. Dice el hombre que se la cantaron a su bisabuela,que recibió entonces un curioso consejo de su amiga: «Cásate con él, que me ha enseñado siete duros».

Aurelio Torres, con una memoria que baja al detalle, ha rehabilitado también una casa que era de su abuelo, aunque la ha puesto en venta. De alguna forma, para él ésta es la tercera vez que vuelve a la aldea en la que nació y de la que le echó primero la Guardia Civil y después el hambre.

El primer regresoY es que cuenta Aurelio que años después de la primera diáspora, sin casa y sin trabajo, su padre decidió que la familia volviera a El Acebuchal. Corría 1953 y allí se encontraron las casas deshabitadas, también llenas de pencas, de ratas, de culebras y murciélagos. Asegura Aurelio que un año antes había muerto el último maqui de la zona: «Se llamaba Antonio Sánchez Martín, alias 'El Loma'. El teniente le dio un tiro en el corazón delante de sus dos niñas. Eso es verídico, porque el que acompañaba al teniente lo he tenido yo en mi casa durmiendo, y me lo ha contado», dice.

También asegura que en ese su primer regreso ya se encontró un pueblo muerto: «Pero mi padre podía cortar pinos por la noche, aunque estaba prohibido. Estuvimos un año y pico solos. Luego empezó a venir más gente: Mi padrino Frasco, Antonio, Ana, Dolores, Baldomero... Allí había comida, porque se hacía carbón, cogíamos palma para hacer colchones, y esparto. Sacábamos la esencia de las 'tomillas' y le vendíamos al guarda los piñones para que reforestara».

A principio de los 60 el entonces IARA prohibió tocar los pinos: «Me parece muy bien, pero mi padre, mi abuelo y mis tios hacían carbón y la sierra jamás se quemó». «Nos quedamos sin trabajo -continúa-. La sierra no se pisaba, porque nos multaban». Así que cogieron las tejas, las puertas y todo aquello que podía valer y volvieron a marcharse.

Hoy Virtudes está decidida a quedarse definitivamente allí: «Hemos trabajado muchísimo. La aldea estaba en el suelo toda entera. Donde están esos jardines antes había un 'tiraero' de cabras; había ramas de matas, piedras, pencas... Pero ha merecido la pena. Cuando vienes y la ves... Yo, cuando ya llego a la Cruz Gitana y veo las luces encendidas, tengo bastante».

lunes, 28 de marzo de 2016

Arriero por el camino Real de Granada, por la Ruta de la Miel. Sierra del Alimajara

                                 (Arriero en la Sierra de Almijara. Al fondo del cerro del Cisne, 1502 m.)



Los arrieros, sobre todo los pescateros que se llamaban "corsarios", hacían diariamente la la ruta de ida y vuelta. Acebumecha (Acebumeya) a Fornes y Jayena (Granada). Lo peor era cuando llovía que no tenían ropa de abrigo. La mayoría de los acciddentes era cuando llovía, por la caídas de las acémila: mulos o borricos, casi nunca usaban los caballos.

Para más información leer el libro "El cazador del arco iris", que se anuncia a la derecha.

Frasco, el Botanas, decía "El tiempo que lleve su ritmo, y nosotros el nuestro". Así que no le había caso al tiempo, tanto si llonía como si no llovía, como si hacía frio o carlo, u oscurecía a las 5 de la tarde.

sábado, 26 de marzo de 2016

Arrieros por la Ruta de la Miel, años 30. Sierra del Amijara. "El cazador del arco iris". Novela de Ramón Fernández Palmeral. De venta en AMAZON




28/ Justino Orgaz, único hijo varón del difunto Adriano Orgaz y de Chacha Lola, juró sobre el cuerpo presente de su padre que algún día le vengaría con sangre de los Gabinos, pero no pudo cumplir su venganza porque de joven se murió de una pulmonía, tan sólo podía cumplirse la obligación de la venganza en un varón de sangre materna, en este caso se pasó al hijo ilegítimo de Plácida Orgaz y de Antonio Simón, llamado en realidad Atilano pero de sobrenombre Judas, y así es como se quedó con el horrible apodo. La pulmonía que mató a Justino Orgaz fue, según cuentan, causada por su afición a las apuestas de carreras de mulos por la Ruta de la Miel en la Sierra de Almijara, antiguo camino Real de Granada.
Por ello, conocedor de sus cualidades en el arte de amaestrar mulos de carreras, no dejaba de desafiar apuestas a los arrieros que se encontraba en el camino de Granada. También era aficionado a las apuestas de gallos de pelea. Y su fama, de mejor corredor y, porque no decirlo, reventador de mulos en la Ruta de la Miel sólo era comparable a la de mi primo José Antonio Lara, el Corsario. La verdad es que Justino Orgaz era uno de los jóvenes arrieros de los que poco se podía aprender, era gente bebedora, jugadora, atrevido y sin muchos conocimientos, que siempre hacía lo primero que se le venía a la cabeza. Del reto a una apuesta, nadie se podía sustraer, pues se consideraba una cobardía el rehusarla, el retado tenía obligación de enfrentarse, salvo su descrédito de “hombre que se vestía por los pies”. Un día retó nada más y nada menos que, a mi primo el Corsario, otro babieca como Justino. En las playas de Torrox cogieron una carga de pulpos, robalos (lubinas) y almejas, salieron de madrugaba a las cuatro de la mañana y, empezó a llover, la porfía consistía en que quien llegara antes a los altos del puerto de Las Angustias (1600 metros de altitud) le daba al otro su carga de pulpos y almejas. Tampoco era para tanto. Cuando pasaron por el Molino de Blas el barranco sonaba a aguas nuevas y bravas, por la Acebumeya iban agotadas las mulas, por las cuestas de Piedras Lisas, cerca de Calixto, parecía que Justino adelantaba a el Corsario, pero éste le tiró a las espaldas el cabestro de la mula y le enganchó por el cuello, sin querer, como siempre, una broma mal dada y cayó rodando hasta una poza de agua. Detrás de él le cayó encima el mulo cargada por el barranco. Los dos cayeron al agua, y el mulo prácticamente encima. Empapado de agua y con unas costillas rotas se fue a su casa, se acostó y no se recuperó jamás del enfriamiento, pues le entró una pulmonía.
 El aguardiente se encargó de calentarle y aliviarle los dolores hasta que se murió tosiendo y con la botella en la mano de un coma etílico. Pero Pedro Llana, hijo de Evaristo el Feo, que pasaba por allí lo vio todo, y vio que fue una carrera sucia como todas, y se supo que la caída de Justino se debió a la mala y sucia acción del Corsario, que acabó en la cárcel. Cuando terminamos de contar las hazañas de Justino Orgaz, llegó la hora del reblandeciendo del catre, más bien que cama, para acostarme y poner los ojos en el techo una noche más sobre las redondas vigas de pino atadas con sogas de esparto orientadas siempre de norte a sur; y sin embargo, mi Ramoberto insistía sobre la parte sucia de la vida humana y quería saber si en la Acebumeya hubo madres solteras, como una forma de enredar y buscar lo que en aquellos años no era frecuente...
 Mi mujer interrumpió y dijo que ya estaba bien de viejas historias de gente que no se podían defender, estaba cansada, le cambió el humor y aquí finalizó la actuación dramatizada de una lamentable verdad. Pero yo en la cama con mi insomnio caí en la cuenta de que hubo una madre soltera, sería buena para contársela a mi hijo para mañana por si alguna vez le publican algo de lo que escribe por un editor que confié en él. Aunque hacía tiempo me dijo que más que un editor lo que necesitaba era una agente literario (la mayoría son mujeres), que son quienes consiguen contratos y anticipos de la editoriales, porque éstos confían en ellas, más que en los autores desesperados por publicar a toda costa.

Ramón Fernández Palmeral
Autor de "El cazador del arco iris". venta en AMAZON. Ampliado y corregido.
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Comentario sobre "EL CAZADOR DEL ARCO IRIS" DE RAMÓN FERNÁNDEZ “PALMERAL” , Por Juan Antonio Urbano
     
 Arco Iris, camino mágico, camino de dioses. Itinerario sagrado por el que desciende Iris, la mensajera de Hera, diosa del cielo y mujer de Zeus para hacer llegar a los hombres los mensajes de los dioses.
Al igual que Iris, y utilizando su arco, sendero por el que descendía la hermosa y joven virgen con alas doradas y vestida con su refulgente túnica multicolor para desplazarse desde la morada de las divinidades y del más allá, y atravesando de uno a otro lugar los confines del mundo a la velocidad del viento, con la sutileza de una diosa, así es como un vecino de Acebumeya (Málaga) despierta de la muerte y recuerda a través de varios narradores el tiempo en que sus antepasados  habitaron en ese mágico lugar con la intención de que vuelva a ser recordado y no caiga en el olvido.
Este vecino, el guardia civil José Ramón Fernández, ha regresado y despertado del más allá para traer su propio mensaje y transmitirlo a su hijo Ramoberto, quien cuenta la  historia de ese lugar que el padre le hace traer al presente para que sea recordado.
Acebumeya, localidad transmutada en aldea de ficción por el autor para evitar implicar a los vecinos reales del lugar que realmente se describe y en el que se entra dentro de lo profundo de los seres humanos que allí habitaron de los cuales aún quedan descendientes o testigos de hechos o de familiares que vivieron en primera persona sucesos que aquí se narran.
Algunos momentos de esta obra se ven impregnados los textos de la sensibilidad poética que Palmeral, de su crisol de artista polifacético, extrae con la dignidad y sinceridad de autor con las que es conocido y reconocido por el mundo de artistas que lo rodean. Pues con esta misma sinceridad nos hace llegar en este libro las leyendas creadas, a caballo entre la realidad y la fantasía popular, por las gentes de aquellos tiempos, de aquel lugar…, las supersticiones, prisma ocular con el que se veían y se juzgaban antaño los hechos, y las historias que sucedían en una realidad espaciotemporal de otras épocas en las que habitaban espíritus que podían influir en la propia vida de los habitantes de la zona y que se iban transmitiendo de padres a hijos hasta crear su propio mundo fantástico-real en el que los habitantes creían como creían en su propia razón de la existencia.
Con el trasfondo de los miembros de la familia de los Simontes, se consigue una distraída saga en la que aparecen extraños personajes con anécdotas sorprendentes, propias de gentes ingenuas y, en cierto modo, ignorantes y donde se van introduciendo diferentes tiempos históricos en los que se hace referencia a distintos hechos acaecidos en el lugar o de repercusión en esta región en donde se ubica esta historia narrativa, como pueden ser, la batalla del Peñón de Frigiliana en 1569, la Guerra del Norte de África en la que aparece con nombre propio el héroe de Nador y su desaparición en 1923… la cotidianidad de los maquis y su influencia en los habitantes con los que éstos tenían contactos, así como otros acontecimientos históricos que han ido marcando el pulso de nuestra historia de la España reciente.
Es una obra entre la realidad y la ficción, en la que se crea un mundo que invita al lector a reconocer unos sucesos históricos que el mismo lector ha podido vivir o ha conocido por la experiencia de quienes se los han contado.
El final de este magnífico conglomerado de historias, que como red de afluentes alimenta al río principal de la narración, se cierra con una revelación sorprendente y con la marcha del espíritu del guardia civil que regresa otra vez al más allá, haciendo uso de las radiaciones multicolor que se generan en el arco iris por medio de la energía que proporcionaron los dioses para crear ese formidable nexo de unión entre el cielo y la tierra, eslabón entre su magia y la humanidad, entre la fantasía y el mundo real.
Ramón Fernández “Palmeral” ha sabido conjugar estos elementos para crear esta entrañable experiencia narrativa acercándonos a un mundo de valores como son el respeto y la obediencia a los mayores, la humildad, el temor de Dios y el amor a la Naturaleza, el valor de la palabra dada, etc., que impregnaban a los entrañables personajes que van apareciendo a lo largo de esta saga familiar. Unos valores que primaron en las conciencias, en las vidas, en las costumbres y usos de las gentes de una época que hace tiempo empezó a desaparecer tratando de arrastrar al olvido esos principios que regían la convivencia humana y que hoy en día se están echando en falta.  

                                                                                          Juan Antonio Urbano
                                                                                               Escritor y poeta

                                                                                      Alicante, 26 de marzo de 2016 


Camino de herradura, en la Sierra de Amijara. Ruta de la Miel.
Frigiliana. Torrox, Competa, Nerja, matar, Formes. Granada. Málaga.

sábado, 12 de marzo de 2016

Lance de amor en la Venta Panaderos . 1915. "Novela el cazador del arco iris".

(Ramón Fernández en las ruinas de la Venta Panaderos en 1995. Foto de Aurelio, el Obispo)



14/   Hijos míos, quizás la historia que os voy a contar a continuación os parezca quijotesca, o a lo mejor sucedió de otra manera, no lo sé con certeza, pero en esencia creo que ocurrió de esta forma:

   Sucedió que un lejano día de  caza mayor de 1915,  el marqués de Jayena don Juan Ramoberto cazaba cerca de la Venta Panaderos. Disparó a un macho de cabra hispánica, un ejemplar de majestuosa  corona  real, digno de trofeo, se resistía a morir a causa de aquella estrella fugaz quebrada y asesina que visitó su musculoso y fiero cuerpo,  y tuvo suerte, ya que la herida no era de sombras eternas, le entró por el ijar izquierdo, rompió su pelaje kaki de rey de las sierras, traspasó la piel y la carne fibrosa y roja hasta llegar a la médula del hueso dulce y marfileño. Tras el disparo berreó el animal en lamento de su incomprensible crimen, sacó la lengua de puñales picassianos en actitud de querer vomitar la bala amarga, dobló el cuello y se miró el orificio de la herida carmesí, volcán de fuego rojo, saltó desde los pilares negros de un cortado de peñas, la cornamenta sonó a palo contra palo al darse contra las rocas.  Fue el momento en que el viento con nuevas fuerzas  de agua nívea arreció sobre los pinos que estaban atentos a no perder sus hojas por la nieve, y, como presagio del llanto, se hizo  un sombrero de nubes sobre Cerro Lucero, aparecieron bolsas de agua o lluvia amarilla, llanto de pétalos húmedos sobre la tumba  de los tajos, carbón de encina. La frustrada pieza de caza, mal herida, escapó entre los cortados del vértigo como un peñón que rodara hacia lo hondo del Barranco Mármol. Y al macho montés se le escuchó llorar. Porque las monteses lloran antes de morir al verse la sangre en sus heridas.

   Los prismáticos del secretario ojeador persiguieron inútilmente con sus largos ojos de sabueso al macho montés herido entre jaras y romeros, viéndole descender penosamente por los cortados rompiéndose sus patas de muebles finos, ballestas de tejo, flechas del miedo,  mareos por falta de riego sanguíneo, hasta lograr perderse en huida larga de una maleza encubridora.  La abrupta sierra, los cortados impresionantes, las distancias insalvables, la barrera de romeros erguidos como muralla vegetal hizo absorber la pieza de caza en su seno de naturaleza muerta; por ello el ojeador, Cienojos, desaconsejó al cazador insistir en su captura, se acercaba la noche y la lluvia seguía con idea de cicatrizar la senda y el rastro, al día siguiente, con perros se reiniciaría la captura, lo aconsejable era ir a dormir a la Venta Panaderos para cenar, secarse las ropas y dormir. Después de la lluvia apareció un claro en el cielo y en seguida se montó un bello arco iris, alguien podía subir a los Cielos según la leyenda del cárabo del algarrobo de Acebumeya.

  Mientras Europa se desmoronaba en cañonazos en la I Guerra Mundial por el contrario, en la Sierra de Almijara se revivía la bucólica vida del cazador romántico y la pastora Galatea, la del arriero de abarcas rotas, a reata (se llama ir cogido y a remolque de la cola del animal) de un par de jóvenes mulos de cuatro años, la del  maderero furtivo, la del corsario, la del carbonero y el cabrero. El cazador don Juan Ramoberto (era el primogénito y único heredero de la gran fortuna del fallecido diputado a Cortes, Excelentísimo Señor don Juan Alierta y de las Almenas y marqués de Jayena), era alto y delgado, de nariz aguileña y tímido,  gastaba su juventud alejado de las obligaciones de las fincas en Jayena en el arte de  matar animales cornudos, y…, su rifle era ya una prolongación de sí mismo, leía El Quijote y además, para completar la desgracia de su destino, de niño le cayó en la cabeza una gárgola y no le mató pero sufría de dolores de cabeza y de amnesias temporales, y, por ello tenía en la memoria datos falsos de la realidad, siempre le  acompañaba  un ojeador a modo de antiguo escudero o peón de confianza llamado Frasquito, el Cienojos, que le había puesto su madre como una carabina día y noche, y que por su ignorancia en tratamiento de enfermos mentales lo tenía aún más loco que si hubiese deambulado solo por el mundo.

  Como el cazador acostumbraba a dormir en las cuevas y el Cienojos no quería dormir otra noche más de forma troglodita, le hizo ver que en la alcazaba allí próxima tenían prisionera a una bella dama y que podían ir a rescatarla, la alcazaba no era otra que la Venta Panaderos, y por la fortaleza aparecieron los dos cuando la noche empezaba a vigilar sus caminos. “ La noche se queda sola cuando la sierra se va”, era el estribillo de una canción antigua.  Nada más entrar en la venta,  los venteros, mozas y arrieros, allí presentes, se dieron cuenta  que no debía estar muy sano el cazador por la forma de vestir: pecho con peto de cuero y en bandolera una canana  nueva, cargada de afilados cartuchos metálicos, sombrero de fieltro, pantalón de pana de canutillo y   unos botos de cuero crudo hechos a mano por algún zapatero artesano de Granada. 

   El Cienojos, llevaba  el rifle del amo, de gran calibre y vestía normal con chaqueta de pana y debajo un blusón color pardo con un botón abrochado cerca del cuello, y pantalón zurcido color miel de níspolas. Entraron y pidieron vino del terreno: un moscatel de los  que entra sin saber leer ni escribir y luego sale hecho un abogado, vamos, que se bebieron en dos tragos sin quitarse el sombrero, y sin mirar  a la niña de la venta que se llamaba Doloreta, hija de Miguel el ventero.  Al llegar no se fijaron en ella, la endémica luz amarilla del quinqué de aceite reducía el resplandor al corto espacio del mostrador y media mesa de la izquierda.

    La Venta Panaderos no era muy amplia, pero de construcción inmemorial, gruesos muros de mampostería, los techos inclinados con vigas de pinos lo más tiesos posibles sobre muro maestro, en las  paredes se colgaban grandes fotografías enmarcadas de familiares a los que, debajo, se les ponían manojitos de romero seco y lavanda,  la iluminación interior provenía del rincón de la chimenea en la que, chisporreaba infernal, una  lumbre violeta de cepas, que a la vez daba fuego a una olla de barro ennegrecida que si bien no se le veía su contenido, su olor delataba el bacalao cocido con arroz blanco, y sobre la repisa de la chimenea grande aparecían saleros, calabazas huecas, estampas de santos, cajas de cerillas, un trozo de queso seco y un candil de latón ennegrecido;  al calor de la chimenea se ahumaban unas tripas de chorizos y una ristra de ajos contra el mal de ojo; en el suelo se amontonaban sacos de garbanzos apilados de mala manera, contra la pared la leña desperdigada en un desorden de quien tiene mucho por hacer, butacos u orzas de aceite y unas esteras de esparto.  Detrás del pequeño mostrador, en reservado, cenaba un cabrero con el sombrero puesto hasta las orejas, barba de varios días, olía desde lejos a sueros de cabras, las manos ciclópeas y encallecidas, la roña en las abarcas, no dejaba de dar cucharetazos sobre un plato hondo de  cerámica desconchada, le daba  bocados directamente al pan y sobre la mesa había un montón de pimientos crudos esperaban su turno para ser devorados. Había venido a ver a su suegro y a ver a su hijo Antoñito que tenía uno meses de vida.

  Pero el Cienojos  hizo gestos a los moradores de la venta como diciendo que le siguieran el juego a su acompañante, pues no estaba muy bien de la cabeza y, además, quien le llevara la contraria se convertía inmediatamente en un enemigo suyo, pidió que les llenaran otra vez los vasos y trajeran algo que les quitara el hambre,  mientras ayudaba a su amo don Juan Ramoberto, a quitarle las cananas y buscaba el respaldo de una silla baja desocupada para secarle junto al calor de la chimenea, porque hacía más frío que cuando se murió Zabundio. Que yo nunca me enteré de quién era Zabundio, ni nadie en kilómetros a la redonda llevaba ese horrible nombre. Con tantas cananas y correajes parecía un romano y de ello, se reían todas las mujeres, y algún joven arriero también. 

Autor Ramón Fernández Palmeral

lunes, 7 de marzo de 2016

La Misa de San Juan en el Cortijo del El pino (Frigiliana)



Durante la celebración de la Sagrada Misa de San Juan frente a la ermita y bajo la sombra cenital del pino aerostático y los toldos, mi Ramoberto, no ha respeto el obligado silencio litúrgico y no ha parado de hablar con la familia y vecinos, mientras algunas mujeres le han mandaban callar con un siseo disimuladamente cortés, hasta el cura que ha subido este año desde el pueblo de Maro no ha dejado de mirarle con el Santísimo levantado, es un cura de la nueva ola, un hombre joven con el cuello doblado, vencido de humildad poseedor de una cuidada oratoria evangélica y exaltadora en los valores tradicionales con el atento campesinado, las costumbres, los antepasados y acorde con el momento, el lugar y la romería. A mi hijo mayor le he afeado su actitud poco respetuosa durante el necesario silencio de la eucaristía –él me dice, palabras textuales: toda  misa que no se haga en un lugar sagrado no se considera misa, ¡será imbécil el muy...!, pero cómo está el niñato, pienso, mejor hacerle caso a mi mujer que entre diente y con gestos mímicos me quiere decir que no me meta con él, que lo deje tranquilo, a su aire, ¿entonces a qué ha venido aquí?, y ella insiste: tú déjalo, no ves que no va a querer venir otra vez.  Me conoce, y sabe que la armo, me conoce muy bien y  armó la marimorena, por menos la armé una vez en el Pryca los Patios de Málaga con un dependiente que no me quería hacer la devolución un aparato de video averiado, hasta me que dio otro nuevo.
  Cada año acude más gente a la Misa, los coches y los  4x4 o todo-terrenos se colocaban como caballos desbocados en el carril de tierra que viene desde la cuesta del “Comendaor”, vehículos sin alama a los que tan sólo les queda arrodillarse ante la Virgen como vencidos carros de combate de una guerra perdida. Durante la Misa cada cual ocupa el lugar que puede en los bancos de madera, las mujeres en las sillas preferentes bajo el toldo naranja, y detrás de ellas, de pie, la juventud, y los hombres sobre los poyos y escalones del cortijo el los Obispos –apodo de esta gran familia y buena gente, emparentados con nosotros los Simontes– y en cuando empieza la eucaristía, los hombres, con todo respeto se quitan los sombreros,  dejan de beber cerveza de barril, aunque es difícil hacerles callar porque se están saludando todavía, la mayoría no se ha visto desde el año anterior o de varios años, puesto que además de romería es lugar de encuentro familiar. Otras personas, más cocineras, como el Brigada Martín Comandante de Puesto de Nerja y un guardia dejan de despellejar los conejos camperos que ayer cazaron con la escopeta del guardia Ramírez en el Boquete de Zafarraya, según dijo el  propietario de los cadáveres peludos.   Durante la eucaristía llegó  la hora de las rogativas,  el cura se sentó en un banquillo de madera que usa la tía  Blasa el resto del año para hacer tomizas y pleitas.
 Voluntariamente, cada uno de los asistentes puede pedir en voz alta, ante todos los presentes, una rogativa, por un familiar fallecido, porque haya buenas cosechas o no caigan granizos, aunque la mayoría piden paz en el mundo.  Mi sobrina Raquel, se levanta con voz llorosa y pide una oración por su tía y a la vez mi hermana Dolores fallecida en octubre del año anterior en 1994, y unas lágrimas de emoción rodaron por los húmedos ojos de todos sus sobrinos allí presentes. Mi cuñada y poeta Ana Álvarez es la que lee las Sagradas Escritura y además siempre lee alguna de sus composiciones poéticas de gran sentimiento y emoción cristiana.  Luego Aurelio Torres, el de Concha (a) el Obispo (su abuelo sabía más que un Obispo), también hace una petición..., y así van haciendo rogativas otros muchos, pero que yo, emocionando, no puedo recordar ahora.  Aurelio era el coordinador de los actos de la romería,  me convenció para leer en público una poesía que yo había escrito a la Virgen Milagrosa, pero me pusieron a leer otra poesía distinta, un llanto o elegía dedicada a mi difunta hermana Dolores, y ya que estaba de pie y todos atentos no pude rehusar leerla. Fue como una pequeña trampa. Mi sufrida hermana que jamás fue capaz de olvidarse ni un minuto de aquella escena tan horrible que vio en la puerta de su cortijo hacía ya muchos años. Acabo de leer la elegía con "bufos" en la garganta, sin vacilar, sin declamación, sin interpretación, atascándome como un todo-terreno en las arenas de una playa del Cabo de Gata, pero los presentes me escuchan silenciosos, expectantes, cabizbajos, y también se tragan lágrimas como sapos escurridizos de piel viscosa.  Mi voz solitaria es  la única que dominaba el acto litúrgico, e incluso, los que estaban desollando los inofensivos conejos de  Zafarraya dejaron de desnudarlos por un momento; las mujeres sentadas agachaban la cabeza en reverencia y, lo indiscretos, se miraban a la  cara sorprendidos de tan lastimero canto a una hermana fallecida, y, a la que, sin necesidad de elogios gratuitos la tengo que recordar como una mujer entera,  morena, delgada,  dispuesta y trabajadora, madre y esposa, hacendosa y dispuesta a servir a familiares, vecinos y conocidos con una hospitalidad fuera del común entender, de este concepto de ayuda humano casi olvidado hoy día, que son tiempos de prisas y egoísmos, de un yo que refleja la falta de solidaridad.

  Mi hermana Dolores era mayor que yo por un par de años, y como el zarpazo de una asociación de ideas que no soy capaz de controlar, me acude aquel lejano tiempo de nuestra niñez cuando nuestra madre, cundo vivíamos aquí en el Cortijo del Pino,  nos mandó a los dos a por agua a la fuente de la Acebumeya o de la Sirena con la burra de la panza blanco como de algodón. Tenía yo por aquel entonces unos  doce o catorce años y era un largo espárrago, yo no quería ir con ella porque era casi una mujer en comparación mía, y el miedo mío era a que cuando estuvieran llenos los cántaros no poderlos subir al serón a pulso y tener que pedir ayuda a algún mozo, así que mi hermana muy ingeniosa pensó que no nos haría falta ayuda de nadie, e ideó la forma de llenarlos cómodamente: dejando los cántaros vacíos  dentro de los serones, y lata a lata llenarlos, así no había que bajarlos. Así y todo no me convenció  porque mis miedos, en realidad, eran otros muy ocultos que no iba a confesarle a ella, que eran los piropos de algún “desgraciao”.
Para obligarme a acompañarla se puso muy sería y me dijo, Joseíco, tienes que aparejar la burra venir conmigo a por agua porque lo ha dicho madre, yo tuve la osadía de preguntárselo a mi madre, y sin argumentos para obligarme me dijo, lo ha dicho padre antes de salir con al campo con las cabras, y como a padre no me atrevería a preguntárselo ni aún siquiera estando presente, porque le temía, pues era poseedor de unas manos ciclópeas, pues si te diera una hostia oirías campanas durante una semana.  Así que fui con mi hermana, obligado, evidentemente, con la burra y dos grandes cántaros de cerámica rojiza. Una vez en la fuente salieron dos zagalones mayores que yo, Baldomero Torres, hijo, y  Dieguito, mis temores se habían presentado en persona, le estuvieron diciendo a mi hermana piropos de lo guapa que era, yo no me atreví a defenderla.  Me dijo mi hermana: Joseíco, demuéstrales que eres un Simontes.  A pesar de que yo era larguirucho y grandullón, no tenía maldad,  ni poca mucha fuerza en los brazos. No  defendí a mi hermana aquella vez, y cuando de vuelta en el cortijo se lo contó a mi hermano Miguel, el mayor,  éste me zarandeo y me estuvo dando tela marinera para demostrarme que no duelen los golpes ni los  puñetazos sino las humillaciones. Menos mal que no llegó a oídos de mi padre, si no hubiera estado oyendo campanas durante un mes.

 A media misa llegó mi yerno Manolo, un manita en todo lo que hacer y emprende con mi hija María Carmen con sus dos hijas, que siempre están dispuestos a acompañarnos en nuestras comidas campestres. También llegaron mi otro yerno Paco Capilla y mi hija Vicky con sus hijos Pablo y Jorge.
  Cuando terminó la misa,  vinieron los corrillos con un rato largo  de saludos y conversaciones familiares, y después de repartir besos y  qué bien estás o qué nuevo estás. Y ya bajo un sol cercano al mediodía preguntón y aplastante del Mayarín, deslumbrado por el verbo de los pinos del Fuerte, las cepas con sus manos de pámpanos en bandejas de celofán, los aguacates enanos, el alto y espigado almencino, las chumberas con sus manos de espinas, los olivos estropeando la continuidad del verde vid, el gris pizarra y el blanco marfil por el “Comendaor”, mi hermano Antonio el Cabrero, el mejor conocedor de la Sierra de Almijara, guía de cazadores de monteses en su mejores años, nos  invita, como cada año, a probar unas tapas de choto al ajillo que ha preparado su mujer Ana Álvarez, la Poetisa o la  pelirroja. Le digo que mi mujer y Darío van a cocinar unos kilos de carne de cabrito que hemos comprado en Frigiliana.
 Aquí sentado, mirando a las lomas de El Fuerte siento que la tierra de pizarra se me mete por los pies y se me sube por las venas, siento el peso del aire, y pienso en mis hermanos cuando eran pequeños y jugábamos por el camino del almencino, en mi madre y en mi hermana menor Rosario que me hacían trabajar, amenazándome con mi padre, siempre se me colocó  el sambenito injusto de  caprichoso, terco como los Simontes. Mis hermanos Miguel, Manolo y Emilio hacía años que habían fallecido.  Cuando mi madre me quería pegar yo me subía en un albaricoque grande y allí me quedaba hasta que me perdonaban o bajaba por mi cuenta casi al anochecer. Me entretenía mucho con los juegos porque trabajaba mucho, mis amigos eran José el de Emilio, Baldomero Torres y Antonio el de Paco Sánchez, nuestros juegos eran los de hacer carritos con ruedas de pencas o jugar con las hormigas, hacerle un cerco de fuego a los escorpiones, bajo la teoría infantil de que todo insecto en cuanto alguien le corta el paso, se irrita y busca otro camino.
    Por las mañanas, en cuanto me levantaba del catre le preguntaba a mi madre, ¿qué ha dicho padre que tengo que hacer hoy?, porque si no lo había dicho padre, yo no le hacía caso a nadie, y a mis hermanas menos, yo le podía a pesar de ser menor que ella, salvo a la tía Consuelo que se irritaba con mis bromas. Tuve dos madres: mi madre y  mis hermanas de pecho Doloreta. Rosario era menor y una cría larguirucha. Yo no tenía libertad porque  era como un esclavo cometido al miedo.
Una vez le dijo un lobo flaco y hambriento a un perro: ¿qué bien vives en casa de tu amo tan gordo y bajo techo?, pero cuando el lobo vio el cuello pelado del perro del roce de la cadena, le preguntó qué es eso, el perro le respondió que era el pago por comer a cambio de cuidar la casa, le lobo sentenció  de qué te sirve disfrutar de esos bienes si no tienen libertad. Ese perro, sin duda, era yo en casa de mis padres.