Desde el Arroyo de los Colmenarejos No
podría decir qué margen de estas montañas es más bonito, porque si la
parte norte -la granadina- es verde y frondosa, la parte sur -la
malagueña-, soleada y aparentemente más árida, tiene a cambio esas
preciosas vistas al mar. Es allí donde las enormes lomas almijareñas y
sus veredas van cayendo sin tregua desde las alturas más escarpadas
hasta hundirse en la misma orilla del mar, formando suaves playas de
arena, calas recónditas y vistosos acantilados. Los ríos de esa zona de
la sierra -Chíllar, Higuerón, Río Verde, Patamalara, Río de la Miel…-
son también, como los de la granadina, transparentes cursos de aguas
color turquesa y lechos formados por arena blanca; los mismos de los que
proceden las piedras que durante muchos años sirvieron para hacer la
cal que dio fama a los pueblos blancos andaluces.
En ese otro
lado de la Almijara -el marinero- las montañas también están salpicadas
de antiguas cortijadas que en otros tiempos fueron sitios importantes,
ya fuese por su situación estratégica y actividad incesante, como la
antaño renombrada Venta de Panaderos, o por la riqueza de sus tierras,
como el Cortijo del Daire o el Cortijo del Imán. Y por supuesto, también
están sus pueblos: los que componen la Axarquía malagueña, esos
primorosos y turísticos conjuntos de casitas blancas asentadas en la
falda de los montes con espíritu serrano a la vez que marinero, porque
para su subsistencia, hasta la llegada del turismo en masa, sus gentes
han dependido desde siempre de la montaña y del mar.
Hay muchas
rutas que franquean Tejeda, Almijara y Alhama desde la provincia de
Granada a la de Málaga, siguiendo los ondulantes senderos trazados desde
tiempos inmemoriales que comunicaban las dos vertientes de estas
montañas, y que cumplían no ya sólo una función económica sino también
social, al facilitar el intercambio comercial y cultural entre las
poblaciones a un lado y otro de la sierra. Algunas de esas rutas,
afortunadamente, vuelven hoy a cobrar vida y a figurar en los mapas
gracias al senderismo y montañismo, que toman como guía antiguas sendas
como la que va desde Játar a Cómpeta a través del Puerto de Cómpeta, o
la que lleva de Fornes a Frigiliana, cruzando el Puerto de Frigiliana.
Me
gusta pensar que Tejeda, Almijara y Alhama no han supuesto nunca una
barrera entre los pueblos, sino más bien otra vía de comunicación, más
complicadilla quizá, pero también con su propia idiosincrasia.
Vista de Frigiliana Cuando
llegué a la Almijara por primera vez mis actuales compañeros de rutas
ya la conocían bien; ellos, cada uno a su manera, en solitario o en
grupo, llevaban años recorriéndola y dándola a conocer. Con el paso del
tiempo -y una vez hechas las excursiones clásicas de estas sierras-
nuestros recorridos fueron haciéndose cada vez más largos y complejos, a
la par que quisimos saber más sobre las veredas antiguas y la historia
de los lugares por los que pasábamos, ya con un interés concreto que iba
más allá del mero hecho de andar; un proyecto que esperamos ver pronto
convertido en realidad. Gracias a esas incursiones de investigación
hemos ido trabando conocimiento, y en algunos casos también amistad, con
muchos habitantes de estos lares; entre ellos está el matrimonio
formado por Aurelio Torres Sánchez y Rosario Martín Cañedo, que viven en
Frigiliana.
Conocimos a Aurelio el verano de 2013, durante las
fiestas anuales de El Acebuchal en honor a San Juan. El ayuntamiento de
Frigiliana había organizado en la aldea, como cada año, una misa y un
desayuno para los mayores, acto al que acudieron muchos de los
primitivos habitantes de El Acebuchal y sus alrededores. Y allá que
fuimos nosotros también, pues teníamos interés en hablar con cuantas
personas pudiésemos conocer que hubiesen vivido en aquella zona de la
Almijara. Ese día se hicieron realidad algunos de nuestros "sueños" al
tener la oportunidad de charlar con antiguos vecinos del cortijo del
Imán, de la venta de Panaderos, del cortijo del Daire y de la aldea del
Acebuchal, entre otros.
Aurelio Torres, "el obispo" Aurelio
apareció en escena mientras hablábamos con otra persona; no recuerdo
quién nos lo presentó. "Me llamo Aurelio Torres, pero aquí todos me
conocen más bien como el obispo, como a mi padre y mi abuelo", nos dijo
sonriendo. Cuando supo que buscábamos información sobre aquella parte de
la sierra, este hombre vivaz, dicharachero y hablador se ofreció a
ayudarnos en el acto. Nos llevó por entre las calles empedradas y
cuidadosamente restauradas de la aldea, mientras nos relataba con una
memoria asombrosa los nombres de cada uno de los vecinos que habían
vivido en las casas por las que íbamos pasando, hasta que llegamos a la
que había sido la vivienda de su familia, que está situada en el centro
del pueblecito. Todos la conocen por la "casa escuela", pues este fue el
único lugar en el que -aunque fue sólo durante diez años- hubo una
maestra en El Acebuchal. Nos describió con legítimo orgullo cómo su
abuelo levantó esta casita con sus propias manos entre los años 1913 y
1915 -precisamente este verano ha cumplido un siglo en pie, como el
Platero y yo de Juan Ramón-. Me llamó la atención su forma de hablar,
pues Aurelio cuenta las cosas con un entusiasmo que yo pocas veces he
visto en personas de su edad.
La casa escuela Según
pudimos saber, el abuelo de nuestro amigo Aurelio era analfabeto y por
ello su mayor deseo era que los suyos pudiesen aprender "por lo menos a
leer, a escribir y a hacer las cuentas". Así que un buen día se fue al
vecino pueblo de Cómpeta, término municipal al que pertenece El
Acebuchal, y pidió audiencia con el alcalde para hacerle una firme
propuesta: "Alcalde, si usted nos manda una maestra para nuestros niños,
yo me comprometo a construir una escuela y una vivienda para ella". En
cuanto obtuvo los permisos se puso manos a la obra y no paró hasta que,
dos años más tarde, terminó aquella casita de dos plantas con una
escalera exterior -la planta superior para las clases y la inferior para
el uso particular de la maestra-. Tuvieron que pasar otros dos años
hasta que por fin, en 1917, llegó a El Acebuchal la primera maestra
rural en la historia de esa aldea. Se llamaba doña Emilia, y trabajó
allí hasta 1920, año en que la sustituyó doña Dolores. La nueva
educadora enseñó a los niños acebuchareños de 1920 a 1923, y por último
llegó doña Ana, que impartió sus clases desde 1923 a 1927, año en que la
pequeña y efímera escuela -por distintas circunstancias- cerró
definitivamente su única aula.
Aurelio nació en esa misma casa
muchos años después, en 1946. En aquella época El Acebuchal seguía
siendo una aldea sencilla cuyos vecinos vivían principalmente del
cultivo de sus tierras, de las cabras y del aprovechamiento de los
recursos que les ofrecía vivir al pie de la sierra de la Almijara: caza
para alimentarse cuando la comida faltaba en las casas, madera para
hacer leña y carbón, piedras para fabricar la cal, plantas aromáticas de
las que extraer esencias y aceites, esparto con el que confeccionar
utensilios… además, cuando llegaba la temporada, los hombres jóvenes y
fuertes marchaban a Nerja para cortar la caña de azúcar. El Acebuchal
quedaba entonces vacío de hombres, mientras en las casas los esperaban
pacientemente las mujeres, los abuelos y los niños.
Pero
desgraciadamente llegaron malos tiempos. Tras la Guerra Civil española
aquella zona, al igual que toda la comarca que rodea las sierras de
Tejeda, Almijara y Alhama, quedó sumida en el horror que supusieron los
enfrentamientos entre la "resistencia maqui" o guerrilla antifranquista y
las fuerzas del orden de la época, representadas por la Guardia Civil.
La aldea de El Acebuchal quedó, como diría años más tarde el periodista
británico David Baird, "entre dos fuegos": los que cruzaban los
guerrilleros o "gente de la sierra" que se ocultaba en esas montañas, y
los miembros de la Guardia Civil. Tan difícil llegó a ser la situación
que en agosto del año 1948 se ordenó a la población de El Acebuchal que
abandonase el lugar hasta que cesaran los combates. Todos los habitantes
de la aldea tuvieron que dejar sus casas en pocas horas e irse de allí
con el tiempo justo de recoger sus animales y enseres más
imprescindibles; presas de la desolación se marcharon todos camino de
Frigiliana, Cómpeta y otros lugares cercanos donde familiares y amigos
les dieron cobijo.
Una calle de El Acebuchal La
familia de Aurelio -entonces él era un niño de apenas dos años- también
se marchó de allí y se estableció en Cómpeta hasta que todo terminó, en
el año 1952. A partir de 1953, muchos acebuchareños fueron volviendo
paulatinamente a su pueblecito para retomar sus vidas en el punto en el
que las habían dejado cinco años atrás. Arreglaron sus viviendas,
recuperaron sus tierras e intentaron seguir adelante, pero la pobreza
aumentaba sin remedio en los ambientes rurales y la población se vio
obligada a emigrar. Cuando Aurelio cumplió los 18 años también decidió
buscarse la vida fuera de El Acebuchal; cumplió el servicio militar
entre Almería y Málaga, donde aprendió a leer y a escribir, y a su
debido tiempo se casó con una muchacha de Frigiliana: su Rosario, que
"era una pimienta, de zalamera y bonita", como él mismo dice. En el año
1964 su familia abandonó definitivamente El Acebuchal; ellos fueron de
los últimos que se marcharon.
Durante los años siguientes y
hasta mucho tiempo después, el lugar quedó convertido casi en un pueblo
fantasma, cada vez más derruido pero nunca olvidado, hasta que algunos
descendientes de los antiguos vecinos se animaron comenzar el lento
proceso de restauración de aquel rincón tan querido para ellos. Los
pioneros en esta aventura fueron Virtudes Sánchez y su marido, Antonio
García "el zumbo" que, basándose en fotografías antiguas y en los
recuerdos de sus familiares y conocidos, fueron reconstruyendo poco a
poco algunas casas, hasta que finalmente otros vecinos se animaron
también y volvieron los ojos a su antiguo lugar. El Acebuchal comenzó
poco a poco a emerger de sus ruinas, y con paciencia y mucho trabajo por
parte de todos las antiguas calles y placetillas, las casas y hasta la
nueva capilla han ido recuperando no ya el aspecto que antes tuvieron,
sino otro bastante mejor, renovado y cuidado como debe ser un lugar de
descanso: justo en lo que se ha convertido ahora ese paraje.
Aurelio
y su familia también se pusieron manos a la obra y, desde el verano de
2005, la antigua casa escuela vuelve a estar abierta y en uso, sólo que,
al igual que muchas otras de las casitas de El Acebuchal, ya no es la
vivienda usual de la familia. Ahora se dedica al alquiler para quienes
buscan relajarse en una zona tan bonita y bien situada como es aquella
-al pie de la montaña y a un paso del mar-, frecuentada hoy no sólo por
los descendientes de los acebuchareños, sino también por turistas de
todas partes y por multitud de montañeros enamorados de aquellos
senderos.
Parece que fue ayer, pero ha hecho ya dos años que
conocemos a Aurelio y a su mujer, Rosario. ¡Cómo pasa el tiempo…!
Aurelio, tan servicial y alegre, acompañándonos siempre que puede y
animándonos en nuestras investigaciones, no sólo sobre los antiguos
caminos almijareños, sino también sobre los nombres de los primitivos
cortijos y lugares de interés que están a punto de ser olvidados por el
paso del tiempo, así como sobre las gentes que habitaron esos sitios y
los hechos que sucedieron allí. Aurelio y su empeño por conservar todo
lo antiguo "para que no se pierda", como él dice; que creó el "Museo del
Obispo" en uno de sus terrenos de Frigiliana, donde ha ido atesorando
durante años desde sencillas colecciones de vasos y loza hasta valiosas
fotos antiguas; desde sombreros y vetustos aperos de labranza hasta
interesantes documentos sobre la historia de Frigiliana, todo rescatado
de los lugares más insospechados. Aurelio y esa generosidad suya que lo
ha llevado incluso a mantener, en el lugar donde murió un cazador local
por accidente hace casi un siglo -la Cruz de Simón- una fotografía
plastificada del finado, para que su memoria no quede sin cara y sin
nombre ante quienes pasan por ese lugar.
Aurelio en la Cruz de Simón Sí,
hemos conocido buena gente en el entorno de estas sierras; qué suerte
la nuestra por tener la oportunidad de tratar con todos ellos. Gracias,
Aurelio, por contagiarnos tu entusiasmo de niño y tu afán por evitar que
algunas cosas caigan en el olvido. Y gracias por haber compartido con
nosotros, que hasta no hace mucho éramos para ti perfectos desconocidos,
tantas historias, curiosidades e incluso alguno de los muchos secretos
-¿cuántos quedarán aún por revelar…?- que atesora nuestra querida, para
ti igual que para nosotros, sierra de la Almijara.
De izquierda a derecha Mariló, Manolo, Aurelio, Joseíllo, Rosario y M.Carlos
Fotos de Manuel Carlos Luengo Navas.